martes, 28 de febrero de 2017

La alta cultura y la cultura de masas en los debates modernidad-posmodernidad


Una de las preguntas cruciales sobre la modernidad, tiene que ver con los momentos del surgimiento y el final de esta etapa histórica. En las áreas de la filosofía  y la  historia de la cultura no hay un consenso definitivo sobre el inicio y la conclusión de la modernidad.  Se detectan dos tendencias en las formas de concebir a este periodo histórico. Hay autores que asumen que la modernidad tiene un comienzo y un final determinados.  El nacimiento y la conclusión de la modernidad tendrían fechas específicas, que podrían  identificarse con toda claridad. Pero hay quienes no establecen una periodicidad definitiva, y que entonces admiten que el inicio y el término de la modernidad son imprecisos.  Las fronteras históricas y culturales de la modernidad tendrían una consistencia porosa y relativa.
Entre los autores que conciben a la modernidad como un periodo histórico determinado está Habermas  (P. 15 – 22), quien afirma que esta etapa inicia con el renacimiento (finales del S. XV y principios del XVI), prosigue con la ilustración (S. XVII), continua con el surgimiento y el desarrollo del capitalismo,  hasta llegar al siglo XX. Pero ante una afirmación tan contundente, queda la pregunta:  ¿Puede la modernidad ceñirse histórica y culturalmente a un intervalo temporal que la defina y la contraiga bajo una periodización cerrada?
Las conceptualizaciones de la modernidad que se forman a partir de cortes históricos (periodizaciones) o territoriales (de carácter geográfico, por ejemplo, las concepciones de occidente y oriente), resultan problemáticas. Paradójicamente, estas conceptualizaciones tienen que ver con el pensamiento moderno que separa al tiempo del espacio, en la búsqueda humana por apropiarse de la historia, hacer del hombre el creador de su propia historia. El hombre se convierte en el centro de la historia. En los hechos, el hombre busca dominar a la historia para someterla a sus designios. Lo que tiene lugar es un pensamiento y una historización antropocéntricos. Las maneras de pensar al tiempo histórico y cultural de la modernidad, tienen que ver con las re-apropiaciones conceptuales y fácticas que el hombre hace de su propia historia en el mundo. Esta actitud forma parte del viraje racionalista, que hacia los siglos XVI y XVII lleva al hombre, consciente o incoscientemente, a ocupar el tiempo y el lugar que antaño le pertenecieron a Dios. Toda conceptualización de la historia, tal como se concibe la idea de la modernidad o de otra etapa histórica, trae consigo una actitud racionalista que a la vez que asume al hombre como creador de su propia historia, torna borrosa la presencia de Dios en el mundo.
Desde un punto de vista que concibe a la modernidad a partir de los análisis marxistas, Horkheimer y Adorno (P. 97- 128)   sostienen que la figura de Odiseo contiene ya rasgos identificables con la modernidad occidental, de corte capitalista. A lo largo de su travesía Odiseo asume innumerables riesgos,  al terminar su viaje el personaje arriba al éxito. Esta condición es comparable con el comportamiento burgués moderno de los empresarios capitalistas, quienes toman riesgos de distinta naturaleza en sus proyectos económicos con el fin de convertirse en negociantes exitosos.
Estos mismos autores se refieren al poeta Homero como un “burgués” (P. 128). Desde la perspectiva de Horkheimer y Adorno,  en la Grecia clásica es posible rastrear indicios culturales de la modernidad en Occidente.
Los dos autores de la escuela de Frankfurt no admiten explícitamente que la modernidad tiene ya lugar en Grecia, sino que pueden detectarse en la cuna de la civilización occidental rasgos histórico-culturales de la modernidad. A partir de lo anterior  es factible concebir a Grecia como un pueblo protomoderno. Esta cuestión problematiza los intentos por fechar el inicio y el fin de la modernidad.
Por otra parte, hay  autores que con osadía pretenden establecer de manera definitiva en final de la modernidad.  Lyotard (P. 13) sostiene que el término de la modernidad sucede a finales de la década de 1950 y ubica este hecho en Europa. El autor admite que el fenómeno posmoderno, que emerge al concluir la modernidad, tiene lugar de manera “discrónica”, es decir, en momentos históricos dispersos. Por lo tanto, resulta difícil precisar una “visión de conjunto” del surgimiento y desarrollo inicial de la posmodernidad en una fecha o periodo específicos. En el mismo tono precavido, Lyotard refiere que una parte de las descripciones sobre la presencia de los rasgos de la pomodernidad,  tendrían un carácter “conjetural”.
¿Por qué sostener de manera rotunda el final de la modernidad y la emergencia de la posmodernidad hacia mediados del siglo XX, si desde una perspectiva histórico-temporal,  el surgimiento y desarrollo inicial de la posmodernidad en occidente es problemático  a partir de la “discronía” y de la “conjeturalidad” asumidas por Lyotard?
Se requiere ser precavidos al conceptualizar y sujetar a una periodización histórica al fin de “modernidad” y al comienzo de la “posmodernidad”, los diversos debates que se han dado en la materia desde la década de 1970 hasta la actualidad, constantemente advierten que: 1) el asunto no puede tener de manera definitiva un punto final y; 2) toda periodización histórica está inscrita entre los márgenes de una cierta relatividad,  que toma forma a partir de subjetivaciones a las que es necesario analizar tanto en términos teóricos como ideológicos.
Retomando a Berman, Arriarán Cuéllar (P. 38) sostiene que para analizar a la “modernidad” es necesario revisar a la par los conceptos de “modernismo” y “modernización”.
El modernismo es un movimiento cultural, artístico fundamentalmente, que surge a finales del siglo XIX en Europa y que transmite  a la modernidad una espiritualidad transformacional fundada en las vanguardias que se sustituyen unas a otras. Por ejemplo, en las artes plásticas,  el postimpresionismo pretende tomar el lugar el impresionismo, en tanto que el surrealismo desplaza al dadaísmo. A lo largo del siglo XX, los movimientos artísticos y los manifiestos se suceden hasta llegar a lo que se ha referido como el agotamiento de las vanguardias, presunto signo de la posmodernidad.
La modernización se basa en los procesos socioeconómicos desatados por el capitalismo -y por el socialismo-,  que durante los siglos XIX y XX coloca como uno de sus ejes  a la utopía del progreso indetenible. Desde la revolución industrial hasta nuestros días el desarrollo tecnológico y científico han  jugado un papel central en la modernización.
La “modernidad” es una etapa histórico-cultural en la que la humanidad se concibe y se desenvuelve a través del “modernismo” y la “modernización”. Desde una perspectiva moriniana la conceptualización de la “modernidad” que aquí se plantea, se asume a la manera de un bucle:

                           Modernidad---Modernismo---Modernización

Es factible concebir a la posmodernidad en los mismos términos del bucle planteado. La posmodernidad estaría entonces embuclada con el posmodernismo y la posmodernización.

                      Posmodernidad---Posmodernismo---Posdernización

El posmodernismo es un movimiento cultural y artístico, que se impregna en lo social a la manera de la espiritualidad de una época. El desbocamiento y agotamiento de las vanguardias artísticas -que parte del modernismo a finales del S. XIX- llega a un límite en el que la alta cultura y la cultura de masas se funden en la obra posmoderna, en la cual el valor estético del arte se entremezcla con el valor monetario y  material. Las fronteras de lo estético que colocaban a la obra de arte en espacio privilegiado,  son desplazadas por las formas de pensar a la obra desde el mercado.
La posmodernización es el impulso de instauración de la posmodernidad a la manera de lo que Jameson (P. 77) refiere como un “modo de producción cultural”. La posmodernización está contenida en las estrategias fácticas y performativas de instauración de la posmodernidad,  como una forma de vida sujeta a una historicidad que aún no ha tenido lugar a plenitud.
La posmodernidad es una etapa histórico-cultural relativamente imprecisa, hacia el pasado y hacia el presente, que se pone en marcha a través del posmodernismo y la posmodernización. 
Cabe aclarar que a partir de los bucles modernidad-modernismo-modernización y posmodernidad-posmodernismo-posmodernización, existen tanto similitudes como diferencias conceptuales. Las primeras se enmarcan en la sucesión histórico-cultural de una época a otra. Las segundas tienen que ver con la transformación histórica.
De forma sintética Roa (P. 41 – 46) refiere las cualidades de la posmodernidad:

Pérdida de la vigencia de las ideologías… La realidad para el posmoderno ha dejado de ser un valor de uso… para convertirse en un mero valor de cambio… En la ética preocupa sólo la casuística… Búsqueda primaria de lo hedónico… Percepción de la realidad en superficie, donde el límite de todo aparece difuminado… Poco respeto por la vida en sí, la cual ya no se mira como sagrada… La meta de la existencia no es su realización heroica, buena o feliz, sino… su trivialización, su no crear problemas… La clásica diferencia sujeto-objeto, típica de la modernidad, se esfuma, no hay ya un sujeto, el investigador, que como observador imparcial estudia su objeto, sino que, sobre todo en las tecnociencias, lo que correspondería antiguamente al objeto se vuelve activamente sobre el sujeto… Con la progresiva desaparición del binomio sujeto – objeto, típico de la modernidad, que partía de la base de que el objeto de investigación era una realidad con su propia identidad maciza, dicha realidad empieza a volatizarse, a perder sus contornos...

Diversos autores han debatido teóricamente la tesis del final de la modernidad y el surgimiento definitivo de la posmodernidad. Se argumenta que los grandes relatos no han desaparecido,  dado que la posmodernidad ha querido instaurarse como un gran relato que pretende sustituir a los grandes relatos modernos.
Aún cabe preguntarse si la posmodernidad es un hecho histórico-cultural  inminente en el que hemos quedado capturados sin salida alguna. Jameson (1999, P. 77 y 78) revisa las “antinomias” de la posmodernidad, a la que concibe como “ideología” y advierte que puede pensársele como un signo sintomático de las transformaciones estructurales más profundas de la sociedad y de la cultura, concebidas como un “todo” en términos de un “modo de producción”. El “todo posmoderno” concebido por  Jameson, que actúa  como un “modo de producción" que se desenvuelve en un plano cultural e histórico a la vez,  posee una condición fáctica y a la vez performativa,  que pretende erigir a la posmodernidad como una gran narrativa dominante.
Jameson hace notar que la posmodernidad no ha tenido lugar definitivamente –aunque el autor aspira a que esto suceda de una forma marxista sui generis-. Como ideología que está contenida en diversos componentes de la cultura (el cine de Hollywood, los mass media,  la literatura, el mundo empresarial e industrial, la tecnología, la moda,  algunos estilos de vida, etc.) esta tendencia es una gran narrativa que a partir de múltiples espacios y modos de instauración fáctica y performativa,  pretende erigirse como hegemónica. El filósofo neomarxista advierte que: “Toda teoría del posmodernismo es entonces una predicción del futuro con una baraja defectuosa.” Si “la Guerra del Golfo no ha tenido lugar”,  es factible afirmar que la posmodernidad no ha tenido lugar, aunque en un sentido muy distinto al no acaecimiento de la Guerra del Golfo. Las reflexiones de Jameson abren caminos para cuestionar a la posmodernidad desde sus propios adentros.
Si la posmodernidad  no ha tenido lugar de manera definitiva, si consiste en una gran narrativa, una ideología fáctica y a la vez performativa, que desde hace años pretende alzarse como faro que de manera dominante determine los destinos de la humanidad, ¿qué está aconteciendo entonces? ¿Cómo tendríamos que pensar a la posmodernidad? ¿Desde dónde cuestionarla? ¿Cuáles son las preguntas que se hacen necesarias en este “juego de baraja” teórico, ideológico y desde luego, políticamente estratégico?
Uno de aspectos que se conjuga con el asunto de la modernidad-posmodernidad son las discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas. Entre ambos debates existen correlaciones históricas y culturales. Se identifican tres de estas correlaciones y se analiza enseguida sobre cada una de ellas:

1)    Tanto los debates sobre modernidad-posmodernidad como las discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas, suceden en un mismo momento histórico.
2)    Una parte del debate modernidad-posmodernidad transcurre por una revisión de los hechos históricos del modernismo y la modernización, similarmente los alegatos sobre la alta cultura y la cultura de masas son atravesadas por el modernismo y la modernización.
3)    Tanto los debates modernidad-posmodernidad como las discusiones alta cultura-cultura de masas, se proyectan inconclusos.

La génesis del concepto de “posmodernidad”,  que se conjuga con las discusiones del final de la “modernidad”,  se distiende a lo largo del siglo XX y principios del XXI. La temporalidad en la que tienen lugar los debates sobre la alta cultura y la cultura de masas,  tiene como escenario al mismo siglo XX y prosigue en los primeros años del XXI. Aunque es posible rastrear indicios conceptuales y teóricos de ambos debates en el siglo XIX y aún antes.
Bermúdez sostiene que el primero en mencionar el concepto de “posmodernidad” es el pintor inglés John Watkins Chatman, en 1870, quien pretende impulsar una “pintura posmoderna” que vaya más allá de los aportes de los impresionistas franceses. Esta aparición inicial del término en las artes plásticas,  tiene lugar dentro del fenómeno de la sucesión de las vanguardias, que permite construir un hito que une a la modernidad con la posmodernidad. Watkins Chatman critica al impresionismo francés y pretende dar pié a una nueva vanguardia. Sin embargo, el planteamiento del pintor inglés parece no haber prosperado.
Temporalmente, el surgimiento del concepto de “posmodernidad” se detecta con mayores indicios durante el S. XX.  De Toro (P. 444 – 450) hace una revisión en este plano.
Los primeros en referirse a la “posmodernidad” son Pannwitz  y de Onís (citados por de Toro, Ibidem.). En 1917, Pannwitz (Alemania) define el concepto desde una perspectiva histórica que refiere al hombre posmodernno como “nacionalista, militarista y religioso”, en oposición a lo moderno que tiende al “nihilismo y la decadencia.” Por su parte, de Onís (España) hace uso del vocablo en 1934,  en su Antología de la poesía española e hispanoamericana.
A lo largo de su análisis, de Toro  ubica al concepto en varias disciplinas, en autores, espacios geográficos y fechas que también tienen la cualidad de ser diversos. El sociólogo David Riesman (Estados Unidos) refiere el término en 1958. En filosofía, Lyotard  (Francia-Canadá) asume el concepto en 1979 y Vatimmo (Italia) en 1980, aunque las filosofías de Foucault, Derrida y Deleuze (los tres originarios de Francia), que se desarrollan entre las década de 1960 y 1970, pueden valorarse como posmodernas. Los teóricos de la arquitectura Pevsner (Alemania-Gran Bretaña) y Venturi (Estados Unidos),  plantean el concepto en 1966, otros autores de la disciplina lo harán posteriormente. En las artes plásticas se identifica a Warrol (Estados Unidos) como uno de los pioneros posmodernos, hacia la década de 1960. En el teatro se detectan rasgos posmodernos también en la década de 1960, con el Living Theatre, el Hapenning, y el Open Theatre en Nueva York.
La emergencia de la “posmodernidad” como concepto y como teoría en desarrollo, tiene lugar desde 1870 hasta finales del siglo XX. Los debates en la materia prosiguen actualmente.  La temporalidad de la génesis posmoderna puede considerase como dispersa. Pero también son relativamente dispersos otros aspectos de su surgimiento: las regiones y países del mundo desde los que brota, que se ubican en occidente (América del Norte y Europa);  las disciplinas humanísticas y de las ciencias sociales desde las que se postula y;  los autores que se asumen como posmodernos y teorizan al respecto.
Aquí se subraya una relativa dispersión en la temporalidad  histórica del origen  y desarrollo inicial de la posmodernidad.
Por su parte, los debates sobre la alta cultura y la cultura de masas son ubicables temporal e históricamente en el transcurso del siglo XX. La estrategia de la que parte Vargas Llosa para argumentar su defensa de la alta cultura (P. 13 - 59), es un diálogo con diversos autores que han abordado la temática en el siglo pasado y a inicios del actual. En el ensayo de Vargas Llosa, publicado en el año 2012,  es identificable un hito que va del siglo XX al XXI en las discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas.
El narrador peruano toma como punto de partida un ensayo de T. S. Eliot publicado en 1948: Notes towards the definition of Culture. Enseguida, Vargas Llosa revisa las reflexiones de George Steiner en: En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura (1971). Entre otros autores, el novelista menciona también a Ortega y Gasset, quien escribe La Rebelión de las masas en 1929 y,  a McLuhan, quien publica La galaxia Gutenberg en 1962.
Entre los autores que publican sobre el tema al final del siglo XX e inicios del XXI, Vargas Llosa refiere a Lipovetsky, con quien sostiene un debate en 2012, en la revista Letras Libres.
En el mismo plano de identificación temporal e histórica de las discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas, Eagleton (P. 214)  afirma que la centralidad del tema de la cultura tiene lugar en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, dado que el fenómeno de la cultura se ha integrado al proceso de producción de bienes de consumo. Sin embargo, el filósofo inglés clarifica que el asunto puede rastrearse hasta la primera mitad del siglo XX.

En efecto, durante las primeras décadas del siglo XX, los debates sobre la cultura giraron en torno a este enorme proceso de cambio, un proceso que para muchos parecía presagiar el fin de la propia civilización. El centro de esos debates fue, en buena parte, la oposición entre cultura “elevada” y cultura “de masas”. Los tonos elegíacos de este Kulturpessimismus, cuyos ecos todavía hoy se dejan sentir en la melancolía de la obra de George Steiner, pasaron de Oswald Spengler a Ortega y Gaset, de E. R. Leavis a Max Horkheimer, de Lionel Trining a Richard Hoggart… (Ibidem.)

Eagleton (P. 216), al igual que otros autores,  sostiene la presencia de una trama cultural e histórica que configura los debates sobre la alta cultura,  la cultura popular y el posmodernismo, desde el cual emerge la cultura de masas.
La alta cultura se deriva de la herencia griega, medieval, renacentista y de la ilustración en occidente, que considera a los aportes de las humanidades (filosofía, literatura y arte en general) como fundamentales en los procesos de la civilización.
En América Latina,  la cultura popular tiene que ver con formas de vida basadas en  las tradiciones y costumbres de los pueblos autóctonos y en los diversos mestizajes que han tenido lugar desde la conquista y la colonización hasta nuestros días. Esta forma de cultura desarrolla su propia expresión artística y artesanal.
La cultura de masas surge con la posmodernidad y el posmodernismo, que han convertido al arte y a la formas de vida en general en objetos asediados por la producción del consumo.
Eagleton sostiene que hacia la década de 1960 el posmodernismo trae consigo el declive de la confrontación entre la alta cultura y la cultura popular. El arte popular deja de ser contestatario y subversivo y es capturado por la producción de consumo. A su vez, el arte de élite es asimilado por el mercado. El posmodernismo, motor de la cultura de masas, se apropia tanto del arte popular como  del arte elevado, reconfigurando culturalmente sus valores. El juicio de Eagleton parece ser sumario. Desde la perspectiva del filósofo inglés, el arte popular habría perdido su halo crítico y la alta cultura estaría sumida en un proceso de degradación y de transformación posmoderno. Cabe preguntarse si el desdibujamiento  de la alta cultura que se atisbó desde principios del siglo XX, ya ha tenido lugar definitivamente.
De la misma forma en que se afirma que la posmodernidad no ha sucedido de manera determinante, sino que existe en un contexto histórico-cultural en el que pretende colocársele como hegemónica mediante diversas estrategias fácticas y performativas;  puede sostenerse que la alta cultura y la cultura popular no han sido desmanteladas totalmente, sus rasgos siguen presentes en las formas de vida del siglo XXI. Esto último tiene que ver con la no-conclusión de la modernidad. Tanto la alta cultura como la cultura popular, que se decantan culturalmente en la modernidad, persisten. En el caso de la alta cultura, el alegato de Vargas Llosa en La Civilización del espectáculo (2012) nos echa en cara la presencia de esta tendencia, como una forma de vida que prosigue existiendo, por momentos, con una influencia significativa.

… la palabra escrita tiene, hoy, cuando muchos piensan que las imágenes y las pantallas la van volviendo obsoleta, posibilidades de calar más hondo en el análisis de los problemas, de llegar más lejos en la descripción de la realidad social, política y moral, y, en una palabra, de decir la verdad… las imágenes de las pantallas divierten más, entretienen mejor, pero son siempre parcas, a menudo insuficientes y muchas veces ineptas para decir, en el complejo ámbito de la experiencia individual e histórica, aquello que se exige en los tribunales a los testigos: “la verdad y toda la verdad”. (Ibidem., P. 219 y 220)

En el tercer capítulo de su libro,  Eagleton (P. 95 – 151) refiere la existencia de “guerras culturales” que han acontecido en el siglo XX. Entre estas guerras están los componentes de la alta cultura, la cultura popular y el posmodernismo, que da pie a la cultura de masas. Páginas adelante, el autor finiquita la confrontación entre la alta cultura y la cultura popular. Ambas serían trastocadas y subsumidas por el posmodernismo y la cultura de masas.  Aquí se sostiene que las confrontaciones entre las tres formas de cultura continúan. El posmodernismo, que ha derivado una cultura de masas fundada en la producción y consumo de bienes culturales,  la moda, la televisión y los mass media, no ha borrado por completo las presencias de la alta cultura y de la cultura popular. Las discusiones  abiertas sobre el libro y la lectura en la actualidad,  tienen que ver con “guerras culturales” que implican a la alta cultura en confrontación con la cultura de masas posmoderna. 
Delimitando la “guerra cultural” entre la cultura de masas posmoderna y la alta cultura, colocando entre paréntesis a la conflictividad que surge al poner en juego a la cultura popular, se plantean dos preguntas para cerrar este texto: ¿Cómo ha sido el desenvolvimiento de la confrontación entre la alta cultura y el posmodernismo que ha dado lugar a la cultura de masas? ¿Qué se proyecta a futuro a partir de ello?
En sus argumentaciones Lipovetsky plantea una trama histórica-cultural que va del modernismo al posmodernismo,  que desemboca en el eclipse de la alta cultura y el alzamiento de la cultura de masas desde la década de 1970 hasta nuestros días.

Izar el posmodernismo al rango de una hipótesis global que describe el paso lento y complejo a un nuevo tipo de sociedad, de cultura y de individuo, que nace del propio seno y en la prolongación de la era moderna, establecer el contenido del modernismo, su árbol genealógico y sus funciones históricas principales, aprehender el cambio de rumbo del pensamiento que poco a poco se ha producido en el siglo XX en beneficio de una preeminencia cada vez mas acusada de los sistemas flexibles y abiertos, tal ha sido nuestro objetivo, tomando como hilo de Ariadna los análisis de Daniel Bell cuya última obra traducida al francés tiene el mérito incomparable de proporcionar una teoría general del funcionamiento del capitalismo precisamente a la luz del modernismo y de lo que sigue (P. 80)

A partir de sus lecturas de dos libros de Bell que se citan a pié de página en el capítulo IV de La era del vacío, Lipovetsky construye sus argumentaciones para afirmar el paso del modernismo al posmodernismo.
Lipovetsky revisa el modernismo  en las artes plásticas,  la literatura y la música a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX e identifica una serie de rasgos sustantivos: la producción de lo nuevo que tiene que ver con la invención de las vanguardias que se suceden unas a otras hasta llegar a un agotamiento; el extravío de las fronteras entre lo sublime del arte y la vida cotidiana, el acontecimiento y el azar; el oscurecimiento de la distancia entre la obra y el espectador, que deriva la acentuación en las sensaciones, lo inmediato y el mero impacto en la percepción de la obra; la emergencia de un mercado del arte que pone en juego nuevas formas de valorar las obras desde una perspectiva económica, estética y social.
El filósofo y sociólogo francés argumenta que en la primera mitad del siglo XX tiene lugar un proceso de “desublimación” del arte. En el afán de abarcar múltiples temáticas y facetas del mundo cotidiano, en los insistentes intentos por cuestionar al poder y a las instituciones, el arte moderno se banaliza.

Con Dadá, el propio arte se hunde así mismo y exige su destrucción. Se trata de abolir el fetichismo artístico, la separación jerárquica del arte y de la vida en nombre del hombre total, de la contradicción, del proceso creador, de la acción, del azar. Sabemos que los surrealistas, Artaud y luego los happenings, las acciones del anti-arte buscarán asimismo superar la oposición del arte y la vida. Pero cuidado, ese objetivo constante del modernismo, y no del posmodernismo como ha dicho D. Bell, no es la insurrección del deseo, la revancha de las pulsiones contra la cuadrícula de la vida moderna, es la cultura de la igualdad la que arruina ineluctablemente la sacralidad del arte y revaloriza correlativamente lo fortuito, los ruidos, los gritos, lo cotidiano (P.89 y 90)

El readymade de Duchamp al exponer un urinario como una obra de arte en el museo de Nueva York en 1917, evidencia el borramiento entre la frontera sublime del arte y la vida cotidiana. Lipovetsky sostiene que en la búsqueda de lo nuevo, al compenetrase con la vida cotidiana, al buscarse en lo acontecimental y lo azaroso, el arte se profana y se deconstruye a sí mismo. La belleza y la trascendencia del arte heredadas de la cultura grecolatina, entran a un territorio de sombras y fantasmas. El abismamiento del arte toma forma en el paso del modernismo al posmodernismo. La  cultura de masas, el arte de masas, se confunde con la alta cultura, con el arte culto. ¿Qué es arte y qué no lo es? Es la pregunta que refleja de manera inminente las borrosas fronteras entre la alta cultura y la cultura de masas.
¿Es el arte el constructor de su propio hundimiento estético? ¿Puede atribuírsele al arte una responsabilidad mayúscula en el paso de la modernidad a la posmodernidad, tal como afirman Lipovetsky y otros autores? Son preguntas punzantes que se dejan abiertas.
El hito que une al posmodernismo con el modernismo es la ruptura enfática con la “unidimensionalidad del arte moderno”. Si el posmodernismo en el arte acude a la hibridez o a lo retro en una especie de diálogo contestatario con el modernismo, es a partir de una búsqueda exaltada y descentrada de los preceptos artísticos de los modernos. Toma forma lo que Lipovetsky refiere como el “descrispamiento de la oposición tradición-modernidad… el relajamiento del espacio artístico paralelamente a una sociedad en que las ideologías duras ya no entran… donde papeles e identidades se confunden, donde el individuo es flotante y tolerante” (Lipovetsky, P. 122).
El posmodernismo no tiene lugar aisladamente en el ámbito del arte, se desdobla en una serie de jugadas en las que los grandes relatos se tornan borrosos y las individualidades se exacerban. Es en lo social-político-económico-cultural-histórico, donde acaece el paso del modernismo al posmodernismo. La cultura de masas que emerge desde los cráteres del posmodernismo es una especie de paideia posmoderna, una paideia trastocada, desdibujada, des-sustancializada, que rompe con la tradición y con la alta cultura que persisten en la modernidad. Es la paideia ligth de la cultura de masas.
Vatimmo afirma que la emergencia de la cultura de masas en la posmodernidad tiene que ver con “la muerte del arte” y la emergencia hegemónica de los medios de comunicación masiva a mediados del siglo XX.

La muerte del arte no es sólo la muerte que podemos esperar de la reintegración revolucionaria de la existencia, sino que es la que de hecho ya vivimos en la sociedad de la cultura de masas, en la que se puede hablar de estetización general de la vida en la medida en que los medios de difusión, que distribuyen información, cultura, entretenimiento, aunque siempre con los criterios generales de "belleza" (atractivo formal de los productos), han adquirido en la vida de cada cual un peso infinitamente mayor que en cualquier otra época del pasado. Claro está que identificar la esfera de los medios de difusión con lo estético puede suscitar objeciones, pero no resulta tan difícil admitir semejante identificación si se tiene en cuenta que, además de distribuir información, esos medios de comunicación de masas producen consenso, instauración e intensificación de un lenguaje común en lo social (P. 51).

Entre los teóricos de la posmodernidad, la postura de Jameson no declara un desplazamiento definitivo de la alta cultura por la cultura de masas. El filósofo estadounidense y neomarxista tampoco acepta la defunción del arte. La portada del libro El giro cultural (1999) de Jameson,  encierra el debate entre  la alta cultura y la cultura de masas posmoderna:
Sobre un fondo café que se percibe nebuloso,  se levanta al centro la figura de una musa. Los trazos de la imagen femenina tienen el toque realista del arte griego y renacentista. La forma de mirar de la mujer, su color resplandeciente, el pelo suelto que flota y embellece los rasgos del rostro, la mano y los dedos que asoman enigmáticamente en la parte inferior de la portada del libro, evocan la presencia de una musa. La tonalidad de la figura femenina se aproxima al color de una escultura, pero a la vez se fuga de esa coloración pétrea. Hay un brillo fulgurante en la imagen de la mujer, un espectro de luz que aparece desde los contornos interiores y que resalta de manera mítica y fantasmal. Rodeando a la musa están tres latas de sopa Campbells, las mismas latas que de forma reiterada, semejando un proceso de producción  industrial y en serie, fueron pintadas por Warhol.  El triángulo de las sopas Campbells  atosiga a la musa.  Una parte del hombro y de su mano están cubiertas por una de las latas, que en la perspectiva se coloca delante de la mujer.  El arte posmoderno de Warhol tiende una celada a la figura de una musa que significa a la alta cultura. Pero la musa no perece ante los signos posmodernos de las latas de sopa, su fulgor está al centro del cuadro, sus ojos se alzan sobre dos de las latas que están al frente, como mirando por encima de ellas.
Jameson (1999, P.15 y 16) precisa dos cualidades del posmodernismo. Por un lado,   las diversas tendencias del posmodernismo (en las artes plásticas, la música, la literatura, el cine, etc.) brotan como reacciones contra los cánones del modernismo que dominó la academia universitaria, los museos y las galerías de arte. Por otro lado, el posmodernismo erosiona a la distinción clásica entre alta cultura y cultura de masas o popular. Lo segundo sería el problema más “inquietante” desde las valoraciones de la academia. Pero la erosión de la alta cultura no implica su sometimiento definitivo a la cultura de masas, tampoco tiene lugar la muerte del arte.
En un libro posterior,  Jameson  (2004, P. 172 – 175) pone en claro la persistencia de la alta cultura. Lipovetsky refiere que “lo cotidiano” y “el azar” son dos de los componentes que entrecruzan la transición del modernismo al posmodernismo en el proceso de banalización del arte (P. 89). En el mismo campo semántico que los conceptos de Lipovetsky,  Jameson plantea el término de “contingencia” (Ibidem.).  Lipovetsky sostiene sus conceptos en un plano moderno-posmoderno que va del siglo XIX al XX. Distintamente, Jameson asume  a la “contingencia” en una operación que va de la teología medieval al arte tardomoderno, que se produce entre 1920 y 1960.

… el problema de la contingencia puede advertirse mucho antes, en todos los modernismos originales, como un signo del fracaso de la forma en su intento de dominar y apropiarse por completo del contenido que se ha asignado a la obra… El concepto de contingencia es, por supuesto, aún más antiguo: surge en la teología medieval, en la cual es la existencia única de una cosa escandalosamente inadsimilable a ese universal que es su idea y está asociado a lo divino. Así, «contingencia» es la palabra utilizada para aludir a un fracaso de la idea, el nombre de lo que es radicalmente ininteligible, y pertenece al campo conceptual de la ontología y no al de las diversas epistemologías que sucedieron y desplazaron a una filosofía ontológica en el período «moderno» (o desde Descartes) (P. 172).

En la modernidad, tanto en la filosofía como en el arte,  la verdad y el ser son arrojados a un extravío del cual no han logrado reponerse. En el arte, la forma que se coloca ante el contenido,  se convierte en un asunto de primer orden. Las vanguardias modernistas jugaron un papel de experimentación en el cual la forma se enfrasca de manera determinante en una lucha contra el contenido.
La forma del urinario de Duchamp, puede ser pensada desde un vaciamiento del contenido a partir de los conceptos de “lo cotidiano” y el “azar” de Lipovetsky. La cultura de masas que pondera la forma sobre el contenido, se alzaría entonces por sobre  la alta cultura que pone en juego equilibrios entre la forma y el contenido.
El mismo urinario de Duchamp puede analizarse desde el concepto de “contingencia” de Jameson. En este segundo caso, la forma no implicaría un vaciamiento del contenido. Hay una allende de la obra, un excedente que no puede encerrarse conceptualemente ni en la forma ni en el contenido. Es una territorialidad que no se subsume en la relación dialéctica forma-contenido. Un espacio estético, metafísico y trascendental que Jameson refiere a partir del concepto de “contingencia”. A partir de ello, la dialéctica forma-contenido puede repensarse y reconfigurarse artísticamente.
¿Por qué, a partir de la estética dominante de la modernidad-posmodernidad el contenido tendría que quedar sometido a la forma, tanto en su condición epistemológica (de portación de verdad)  como ontológica (de portación del ser)?
Jameson (Ibidem.) sostiene que los existencialistas y otros tardomodernos que enfatizan a la vida cotidiana y al acontecimiento se cuestionan como es que la forma puede replantearse dialógicamente ante el ser del mundo. El concepto griego de mimesis, imitación de la vida por el arte y viceversa, es puesto en juego. A lo largo del siglo XX, los debates filosóficos y artísticos sobre la mimesis serán relevantes. En este plano la “contingencia” que viene de la filosofía medieval y el “acontecimienmto” que se acentúa en los tardomodernos y los posmodernos toman un lugar central según Jameson.

Tanto en Nabokov como en Beckett el signo de esa nueva contingencia estética puede leerse en la nueva categoría de la anécdota. Un núcleo o dato anecdótico siempre marca el contenido empírico inasimilable que ha de ser el pretexto de la pura forma… La forma misma -autonomía- y el contenido anecdótico del cual depende pero que no logra incorporar a su propia sustancia mantienen entre sí una relación dialéctica necesaria y, en verdad, se producen uno a otro. La contingencia tardomodernista, entonces, es precisamente ese proceso y constituye la experiencia del fracaso de la autonomía en ir hasta el final y realizar su programa estético (P. 174).

Lo acontecimental, lo anecdótico, lo contingente y lo azaroso no trastocan al arte al grado de subsumirlo en una “desublimación” a la manera de Lipovetsky. Sino que tiene lugar una sacudida teórica y experimental en la que “lo “contingente” y “lo anecdótico” inscriben al arte en una búsqueda alternativa.

Se trata, sin embargo, de un fracaso afortunado: pues el reemplazo de los variados e incomprensibles Absolutos del modernismo por las autonomías estéticas mucho más modestas y comprensibles de los tardomodernos no solo abre el espacio y la posibilidad de la teorización que hemos caracterizado como la ideología del modernismo; también permite y autoriza la producción de una literatura mucho más accesible de un tipo que es posible calificar entonces de nivel medio. Ya no puede decirse que es una literatura popular, en el antiguo sentido estricto del término; de todos modos, por entonces, en la situación de posguerra de una cultura comercial o de masas emergente, esa literatura popular ya no existe. No parece indebidamente restrictivo, en una época de educación masiva, sugerir que el público de esa literatura y cultura tardomodernistas de nivel medio puede identificarse como el sector de clase de los estudiantes universitarios (y sus instructores académicos), cuyos anaqueles de libros, tras su graduación en «la vida real», conservan los recuerdos de ese consumo históricamente distintivo que los esteras e intelectuales alto modernistas supervivientes han bautizado “el canon” o la Literatura como tal. Pero el canon es simplemente modernismo, tal como los tardomodernistas lo seleccionaron y reescribieron a su propia imagen. Su “grandeza” y permanencia intemporal son el signo mismo de su transitoriedad histórica; y los intentos de ruptura radical del posmodernismo se concentran en ese tardomodernismo, pues de ese modo imagina romper con el modernismo clásico e incluso con la modernidad, en general y como tal (P. 174 – 175).

El posmodernismo “imagina” romper con el tardomodernismo y con el modernismo clásico. La “imaginación” de la ruptura posmoderna pretende levantarse sobre las ruinas de la modernidad. ¿Pero, se ha concretado esta ruptura o su conformación se desplaza entre lo imaginario y lo concreto, entre su realización y su no-realización imaginaria-fáctica?

Bibliografía
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