I
Las piedras se estrellaron
contra los cristales, las puertas y los grandes aparadores de los supermercados
y tiendas de autoservicio fueron lapidadas. Las manos y los cuerpos que
lanzaron esas piedras siguen siendo una muchedumbre, una colectividad
imprecisa, que se extendió a lo largo de
varios estados del centro del país: Veracruz, Puebla, Estado de México, Hidalgo…
El saqueo vino enseguida y llegó a televisarse en vivo, por las redes sociales
o por la prensa. Personas vaciando los estantes de los productos básicos,
cargando aparatos electrodomésticos, tratando de escabullirse ante los policías
que intentaban detenerlos. Aquello era una orgía cuyas raíces más próximas
pueden rastrearse hasta los pasadizos del neoliberalismo. El saqueo como forma
de pillaje ha tomado un rostro al que hay que desentrañar.
Las grandes compañías
trasnacionales saquean los recursos mineros de nuestro país y de otras naciones
en América Latina. Las compañías petroleras y de explotación del gas, recién
tienen abiertas las puertas en México para apoderarse indiscriminadamente de
los hidrocarburos. Las grandes cadenas comerciales se apropian de los
territorios urbanos y se aprestan a saquear los bolsillos de los consumidores.
Y aunque la legalidad de los saqueos de las empresas y consorcios, tiene un
soporte en diversas leyes primarias y secundarias (tal como lo refieren las
reformas neoliberales emprendidas durante los gobiernos priistas y panistas de
1980 hasta la fecha), son éticamente cuestionables y políticamente debatibles.
El fondo ideológico de los saqueos, es la apropiación y explotación de bienes
materiales e inmateriales para producir y acumular riqueza de manera incesante,
hasta el último televisor que pueda ser saqueado, hasta el último yacimiento
petrolero que pueda ser explotado, hasta el último tramo de las finanzas
públicas que puedan ser robadas con la intención de acrecentar una fortuna
personal o familiar. La lógica es la misma: saquear para tener más o para
enriquecerse. Uno de los rastros neoliberales más nítidos que surge con las
recientes movilizaciones en contra del gasolinazo en México: es la figura del “saqueador”,
que requiere ser pensada a profundidad.
II
Hay una serie de figuras
que han irrumpido en la historia reciente, son actores cuya composición se
enreda entre diversos hilos que deben ser analizados en un tejido complejísimo:
entre lo histórico, lo político, lo ideológico, lo social, lo económico, lo
psicológico, etc. Algunas de estas figuras son la del político, el empresario, el
ciudadano, el consumidor, el protestante, el migrante, etc. Estas figuras
resultan confusas y es complicado, pero no imposible, establecer sus cualidades
específicas. Por ejemplo, la figura del ciudadano se cruza de manera trágica
con la del consumidor. ¿En las primeras décadas del siglo XXI, alguien es más
ciudadano que consumidor o más consumidor que ciudadano? ¿Cuándo se deja de ser
ciudadano para ser consumidor o a la inversa? Con las figuras del político y el
empresario sucede lo mismo. El caso de Carlos Slim resulta emblemático en estos
momentos en México, es un empresario que parece comenzar a tejer hacia una
posible candidatura a la presidencia del país en 2018. Los empresarios desean
ser políticos, tal como lo hace Donald Trump y como lo hizo el Chacho Barraza
en Chihuahua en el proceso electoral local de 2016. Y los políticos desean ser
empresarios, tal como César Duarte lo hizo al convertirse mediante artimañas y
actos de corrupción en uno de los mayores impulsores y socios de Unión Progresa
en Chihuahua. Estamos hablando de figuras que como actores y sujetos, se ubican
en encrucijadas de traslapes e
imprecisión, pero no en pantanos de indefinición. Desde luego que en
estas figuras cabe la presencia de la ambigüedad y de la vaguedad, pero eso no
debe llevarnos a pensar en ellas mediante conceptos o metáforas interpretativas
que pretendan alzarse de manera cerrada y totalizante. Tal es el caso de Zigmunt
Bauman, que ha intentado teorizar a nuestra era a partir de la metáfora de “lo
líquido”. Aludiendo a Bauman, con toda facilidad pudiéramos decir que, teniendo
estas figuras un comportamiento “líquido” y “no sólido”, “maleable” y
“circulante”, pasan de un lado a otro y se ubican en un plano de indefinición. No
es así, no tiene por qué serlo. La figura del “saqueador” no tendría por qué
ser conceptualizada de manera totalizante a partir de la metáfora de “lo líquido”,
que trae consigo una postura relativista.
Lo que aquí se atisba es
que, los procesos a través de los cuales los sujetos pasan de ser ciudadanos a
ser consumidores, o de ser empresarios a ser políticos, etc., no se definen de
manera determinante a través de la metáfora de “lo líquido” de Bauman, que
implica mutación y disolución. Más bien, lo que está detrás de los trocamientos
(cambios) de estos procesos de dobles o múltiples actores, dobles o múltiples jugadas,
dobles o múltiples territorialidades, son maneras de esconderse y escabullirse.
Lo que define a la figura del “saqueador” es esta condición de esconder y
escabullir, de procurar darle continuidad al saqueo, sin dejarse ver y sin
dejar que se vean sus estragos. Esa cuestión queda delatada con las
movilizaciones que tuvieron lugar en los primeros días de enero de 2017 en
algunos estados del centro del país. Los saqueadores fueron filmados y sus
actuaciones quedaron registradas en imágenes con una desnudez que amerita ser
desentrañada a profundidad. La pregunta no es, ¿quiénes fueron estos
saqueadores?, sino: ¿qué son estos saqueadores?, ¿cuál es su espacio de acción
social, política y económica?, ¿qué los define en estos tiempos en que
comienzan a desantrañarse los adentros del neoliberalismo?
III
Los saqueadores que fueron
filmados suplantaron a la figura del ciudadano que buscaba una protesta social
legítima ante el gasolinazo, y terminaron desvirtuando a la lucha por un México
mejor. Los saqueadores se infiltraron a través de las redes sociales y de la
movilización que terminó siendo manipulada, descalificada y criminalizada. Su
manera de operar fue subrepticia y jugaron un papel confuso: como causantes y
como efectos del caos y la incertidumbre, como saboteadores del espacio de lo
social, lo político y lo económico.
Los saqueadores operaron tras
cortinas de humo, entre la confusión y el caos. ¿Qué es lo que está detrás de
una masificación negativizada en el saqueo que fue filmado en los días
recientes, en medio de la incertidumbre y el caos inducidos, que terminaron
desvirtuando y criminalizando a la protesta social? ¿Quién es el que saquea a
quién? ¿Quién era el afectante y quién el afectado? ¿Dónde se localizan las
fronteras entre el derecho (lo jurídico) y lo justo (lo social, político y
ético)? El mandamiento neoliberal va quedando desnudo en su rapacidad
desbocada: saqueaos los unos a los otros, porque el botín no es infinito,
aunque lo parezca.
Lo que hay que desentrañar
entonces, son los mecanismo a través de los cuales se esconden y escabullen la
figura del saqueador y el acto del saqueo, que como signo histórico dan a notar
el fondo de un abismo que se manifiesta como crisis de nuestra civilización. Los
saqueadores son los profetas del neoliberalismo. Los estantes vacíos, las
tiendas y centros comerciales
desordenados y saqueados, son el mundo que sigue, cuando los recursos naturales
comienzan a agotarse y la lucha por un pedazo de lo que sea, se convierte en el
pan de cada día…