Primera entrada: Del vaciamiento de la representación
“Una
y tres sillas” (Joseph Kosuth,
1965)
El arte desdobla y estira conceptos,
no los erige, los hace desprenderse y alejarse de las repeticiones y lo común. Sin
buscar las originaciones del pensamiento en el ardid de las palabras que dan
lugar al lenguaje verbal, los conceptos creados imaginariamente por el arte se
desprenden de lo que sabemos como “concepto” y desde ahí se desdoblan y se
estiran, sin pretensiones de una verdad cerrada, inauguran un territorio entre
lo “verdadero” y lo “engañoso” a la manera de un limbo. “No es que no logremos
apoderarnos nunca de lo auténticamente verdadero, como quien coge una flor tras
haberla desprendido de las hierbas que la rodean. Lo engañoso y lo cierto van
juntos” (Lyotard, “Discurso y figura”, 1979). ¿Qué de “engañoso” aparece en forma de
concepto en la fotografía de Kosuth? ¿Qué es lo que se nos vuelve
epistemológicamente advenedizo? ¿Qué es lo que interfiere sobre la posibilidad
de una “representación” que pudiese llegar a ser clausurada en forma de
“verdad”? Es una imagen cuyo centro y cuyos márgenes son las sombras, la proyección
de unas sombras que ocupan el lugar del objeto fotografiado. No es la silla
fotografiada en directo al centro de la imagen, tampoco es la fotografía injertada
de una segunda silla a espaladas de la primera. No son las dos sillas que
pueden mirarse como objetos en planos distintos, a través de proyecciones
fotográficas que convierten a lo real en un espacio de intervención
epistemológica desde el arte. Son las sombras de las sillas que se juegan
sobre un fondo en blanco que termina siendo impregnado de claroscuro. Es donde
lo “engañoso” se incrusta en el cuerpo de la “verdad” y lo trastoca, vaya que
lo trastoca. En la imagen de “Una y tres
sillas”, el conceptualismo de Kosuth
bordea una serie de procedimientos para intervenir lo “verdadero” a través de lo
“engañoso”, para escarbar sobre lo desnudo de la verdad y construir una imagen
no alegórica en la cual lo claroscuro se juega al lado de la luz. En el fondo,
esta es una manera de intervenir al mito de “La caverna” de Platón. En el mito
platónico, la luz pretende sobreponerse al territorio claroscuro de las
sombras. En la imagen de las tres sillas de Kosuth, las sombras de lo
claroscuro intervienen tanto a los juegos de luz en la perspectiva, como a la
idea de lo real de un objeto. ¿Qué es una silla entonces? ¿Qué son dos sillas
fotografiadas, una en directo, otra injertada como fotografía adentro de otra
fotografía, que a fin de cuentas terminan siendo nombradas como “tres sillas”? Son
lo claroscuro de una silla, un ensombrecimiento, un ensombrecimiento que lleva
la oscuridad hacia la luz y que nos hace retornar a la caverna, con los ojos
bien abiertos…
Segunda
entrada: De la persistencia de la representación
Las
sillas vacías de los 43 (Periódico “La Opción de Chihuahua”, septiembre de
2016)
Los números “uno” y “tres” en el nombrar de la fotografía de Kosuth
juegan con un vacío sin asideros de por medio, ponen en marcha un naufragio de
lo epistemológico que puede llegar a extraviarse en el simulacro de lo
indefinido (Baudrillard, “El crimen perfecto”, 2000). El número “cuarenta y
tres” que representa a los estudiantes asesinados en Ayotzinapa, México, en el
año 2014, trae consigo la memoria histórica de un crimen de estado que no ha
sido resuelto. En la portada del 25 de septiembre de 2016, la revista “Proceso”
publica las fotos de los rostros de los 43 normalistas asesinados, cuya
ausencia persiste de esta forma.
En la imagen, las sillas colocadas
frente a la presidencia municipal de Chihuahua, y colocadas una y otra vez en
decenas de performances en México y en otros países del mundo, son un grito que
reclama justicia. “Cuando se dice de un retrato que no le falta más que hablar,
se evoca algo más y otra cosa que la sola privación de expresión verbal”
(Nancy, “La imagen: Mimesis y Methexis”, 2006). Hay voces que bordean a la
imagen de las 43 sillas vacías, son las voces de las protestas y las consignas,
de una rabia que ha sido representada de diversas maneras. En las 43 sillas están pegadas las fotografías
de los rostros de los 43 normalistas asesinados, el vacío de la presencia de los
estudiantes es significado a través de las sillas vacías. Y más que significar
un vacío, significan una ausencia, una carencia de justicia y de verdad.
Estamos hablando de un vacío politizado, un vacío políticamente intervenido. En
la imagen hay una persona mirando las fotografías, y otra persona que acomoda
las sillas. La ausencia de los estudiantes representada en lo vacío de las
sillas, es llenada por la intervención
política del performance y de la imagen misma. Evidentemente, hay un uso
político de la imagen que se pone en marcha por el reclamo de una justicia y de
una verdad. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es la consigna más
doliente, la más áspera pero también la más puntual en el reclamo de la
justicia y la verdad. La muerte, la desaparición y la ausencia de los 43
normalistas asesinados, es intervenida a
través de la imagen de un igual número de sillas vacías. Este es un vacío
rememorado, un vacío de no-olvido, que se pone en marcha como un mecanismo de
resistencia ante el estado represor…
