viernes, 7 de octubre de 2016

Indicios en torno a la persistencia de la representación en la imagen


Primera entrada: Del vaciamiento de la representación


      “Una y tres sillas” (Joseph Kosuth, 1965)

El arte desdobla y estira conceptos, no los erige, los hace desprenderse y alejarse de las repeticiones y lo común. Sin buscar las originaciones del pensamiento en el ardid de las palabras que dan lugar al lenguaje verbal, los conceptos creados imaginariamente por el arte se desprenden de lo que sabemos como “concepto” y desde ahí se desdoblan y se estiran, sin pretensiones de una verdad cerrada, inauguran un territorio entre lo “verdadero” y lo “engañoso” a la manera de un limbo. “No es que no logremos apoderarnos nunca de lo auténticamente verdadero, como quien coge una flor tras haberla desprendido de las hierbas que la rodean. Lo engañoso y lo cierto van juntos” (Lyotard, “Discurso y figura”,  1979). ¿Qué de “engañoso” aparece en forma de concepto en la fotografía de Kosuth? ¿Qué es lo que se nos vuelve epistemológicamente advenedizo? ¿Qué es lo que interfiere sobre la posibilidad de una “representación” que pudiese llegar a ser clausurada en forma de “verdad”? Es una imagen cuyo centro y cuyos márgenes son las sombras, la proyección de unas sombras que ocupan el lugar del objeto fotografiado. No es la silla fotografiada en directo al centro de la imagen, tampoco es la fotografía injertada de una segunda silla a espaladas de la primera. No son las dos sillas que pueden mirarse como objetos en planos distintos, a través de proyecciones fotográficas que convierten a lo real en un espacio de intervención epistemológica desde el arte. Son las sombras de las sillas que se juegan sobre un fondo en blanco que termina siendo impregnado de claroscuro. Es donde lo “engañoso” se incrusta en el cuerpo de la “verdad” y lo trastoca, vaya que lo trastoca.  En la imagen de “Una y tres sillas”, el  conceptualismo de Kosuth bordea una serie de procedimientos para intervenir lo “verdadero” a través de lo “engañoso”, para escarbar sobre lo desnudo de la verdad y construir una imagen no alegórica en la cual lo claroscuro se juega al lado de la luz. En el fondo, esta es una manera de intervenir al mito de “La caverna” de Platón. En el mito platónico, la luz pretende sobreponerse al territorio claroscuro de las sombras. En la imagen de las tres sillas de Kosuth, las sombras de lo claroscuro intervienen tanto a los juegos de luz en la perspectiva, como a la idea de lo real de un objeto. ¿Qué es una silla entonces? ¿Qué son dos sillas fotografiadas, una en directo, otra injertada como fotografía adentro de otra fotografía, que a fin de cuentas terminan siendo nombradas como “tres sillas”? Son lo claroscuro de una silla, un ensombrecimiento, un ensombrecimiento que lleva la oscuridad hacia la luz y que nos hace retornar a la caverna, con los ojos bien abiertos…

Segunda entrada: De la persistencia de la representación 

     Las sillas vacías de los 43 (Periódico “La Opción de Chihuahua”, septiembre de 2016)

Los números “uno” y  “tres” en el nombrar de la fotografía de Kosuth juegan con un vacío sin asideros de por medio, ponen en marcha un naufragio de lo epistemológico que puede llegar a extraviarse en el simulacro de lo indefinido (Baudrillard, “El crimen perfecto”, 2000). El número “cuarenta y tres” que representa a los estudiantes asesinados en Ayotzinapa, México, en el año 2014, trae consigo la memoria histórica de un crimen de estado que no ha sido resuelto. En la portada del 25 de septiembre de 2016, la revista “Proceso” publica las fotos de los rostros de los 43 normalistas asesinados, cuya ausencia persiste de esta forma.
En la imagen, las sillas colocadas frente a la presidencia municipal de Chihuahua, y colocadas una y otra vez en decenas de performances en México y en otros países del mundo, son un grito que reclama justicia. “Cuando se dice de un retrato que no le falta más que hablar, se evoca algo más y otra cosa que la sola privación de expresión verbal” (Nancy, “La imagen: Mimesis y Methexis”, 2006). Hay voces que bordean a la imagen de las 43 sillas vacías, son las voces de las protestas y las consignas, de una rabia que ha sido representada de diversas maneras.  En las 43 sillas están pegadas las fotografías de los rostros de los 43 normalistas asesinados, el vacío de la presencia de los estudiantes es significado a través de las sillas vacías. Y más que significar un vacío, significan una ausencia, una carencia de justicia y de verdad. Estamos hablando de un vacío politizado, un vacío políticamente intervenido. En la imagen hay una persona mirando las fotografías, y otra persona que acomoda las sillas. La ausencia de los estudiantes representada en lo vacío de las sillas,  es llenada por la intervención política del performance y de la imagen misma. Evidentemente, hay un uso político de la imagen que se pone en marcha por el reclamo de una justicia y de una verdad. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es la consigna más doliente, la más áspera pero también la más puntual en el reclamo de la justicia y la verdad. La muerte, la desaparición y la ausencia de los 43 normalistas asesinados,  es intervenida a través de la imagen de un igual número de sillas vacías. Este es un vacío rememorado, un vacío de no-olvido, que se pone en marcha como un mecanismo de resistencia ante el estado represor…