En un texto alterno a las Confesiones, San Agustín admite sus
pecados y la persecución de los donatistas ante ello. No se sabe con claridad
si el sermón que San Agustín pronuncia admitiendo las culpas de sus pecados
ante el mundo y ante los donatistas, es previo, simultáneo o posterior a la
escritura de sus Confesiones.
“Por qué, hereje, das de lado a la cuestión a debatir
para atacar a un hombre?... ¿Soy yo la Iglesia Católica?... Basta con que
permanezca en ella. ¿Repruebas mis faltas pasadas? Yo soy mas severo para con
ellas que tu mismo: lo que tu censuras, yo lo he condenado… Son faltas del
pasado, conocidas sobre todo en esta ciudad. Fue aquí donde me comporté mal lo
reconozco… Ojalá no hubiese sido lo que fui. Mas lo que fui pertenece ya al
pasado…” (San Agustín, Sermones, citado por Montes de Oca, P. XIII, Introducción de Confesiones)
Montes de Oca (P. XIII) admite
que importa poco si el sermón tuvo lugar antes o después de las Confesiones. En el Libro X aparece una posible referencia a los donatistas, como
destinatarios de las Confesiones de
San Agustín, pero está presente también Dios como destinatario del texto
agustiniano:
¿Qué tengo, pues, que ver yo con los
hombres, para que oigan mis confesiones, como si hubiesen de curar ellos todas
mis dolencias?... ¿Por qué quieren oír de mí quien soy yo, los que no quieren
oír de ti quienes son ellos?
Por supuesto que para ti, Señor, a
cuyos ojos está desnudo el abismo de la humana conciencia, ¿qué podría haber
oculto en mí, aunque me negara a confesártelo? Sería esconderte a ti de mí, no
a mí de ti. (Confesiones, Libro X, Caps. II y III)
San Agustín se confiesa
ante Dios y ante los hombres. ¿Pero qué es la confesión de San Agustín, que no
es una simple búsqueda por liberar las culpas, que tampoco es un procedimiento capturado
por la institucionalidad religiosa analizada por Foucault a partir del “poder
pastoral”? Cada una de las palabras pronunciadas por San Agustín en las Confesiones se desbocan hacia el tiempo,
hacia la eternidad y hacia Dios. Son una
búsqueda que está más allá del perdón y de la absolución de los pecados. Si las
posibilidades de perdón y de salvación existen, están en un espacio metafísico
que excede nuestro ser y nuestro tiempo, nuestras maneras de pensar y nombrar
al tiempo. Hay un desgarramiento en el texto de San Agustín. ¿Qué se rompe en
las Confesiones además del tiempo y
del ser de los hombres? ¿Qué se rompe además de las palabras que susurran y que
gritan? Hay ecos de la eternidad en las palabras del filósofo y poeta medieval,
en el entendido de que la eternidad no puede ser nombrada a plenitud, tan solo
puede ser rozada por las palabras, tocada apenas por el ruido conceptual y
poético que las palabras significan. El desgarramiento en las Confesiones de San Agustín está en los
intentos fallidos por representar a la eternidad en las palabras. Junto a la
búsqueda de la eternidad están los intentos por aproximarse a Dios.
Hay momentos en el texto
de San Agustín, cuando la poesía y la oración hierven discursivamente y la
filosofía parece quedar atrapada en ese hervor no-conceptual, en que Dios es
hecho venir a los hombres. De esta manera se presentan los
advenimientos de Dios en las Confesiones,
cuando la poesía y la oración hierven no-conceptualmente y arropan a la
reflexión filosófica que transcurre el texto agustiniano.
¿Cómo hago para buscarte, Señor? De hecho, cuando te
busco, Dios mío, es la vida bienaventurada la que busco. ¡Búsquete para que viva
mi alma! Porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti. (Libro X, Cap. XX)
Junto a lo anterior brota un
discurso que parece realzar a filosófico. Lo conceptual destaca por sobre la poesía y la oración.
Pero puesto que tu misericordia es mejor que las vidas,
he aquí que mi vida es una distensión, y que tu diestra me ha recogido en mí Señor,
el Hijo del hombre, Mediador entre ti que eres uno, y nosotros, que vivimos
múltiples en lo múltiple a través de lo múltiple, a fin de que por Él alcance
aquello en lo cual yo he sido a mi vez alcanzado, y, abandonando los días del
hombre viejo, me concentré en seguir al Uno.
Así, olvidando el pasado, vuelto, no hacia las cosas futuras
y transitorias, sino hacia las que están adelante y hacia las cuales
estoy, no distendido sino extendido, prosigo,
en esfuerzo no de distensión sino de intención… (Libro XI, Cap. XXIX)
La cualidad más importante
de este discurso filosófico es su condición aporética. Se hacen presentes en él
contradicciones y paradojas irresolubles. En el capítulo I de Tiempo y narración, Ricoeur (P. 41 – 79)
reflexiona a este respecto: Aporías de la
experiencia del tiempo. El libro XI de las confesiones de San Agustín.
Cuando en el texto de San
Agustín tiene lugar un discurso filosófico, este tiene una forma aporética que resulta
conceptualmente irresoluble en una síntesis que arroje claridades y certezas. En
el texto citado aparecen los conceptos de lo “Uno” para referirse a “Dios” y lo
“múltiple” que desde su dispersión significa a los “hombres”. El desarrollo de
ambos conceptos en el texto agustiniano tiene una resolución aporética desde el
plano estricto de la filosofía. Están también los conceptos de “distención” (disentio
animi) e “intención” (intentio), analizados como aporías por Ricoeur (Ibidem.)
De manera recurrente el
texto de San Agustín intenta resolver
las aporías conceptuales de la filosofía a través de la poesía y la oración. Es
necesario poner en claro que el análisis que aquí se hace, separando al
discurso filosófico, del poético y de la oración, no tenía lugar en la
edad media. San Agustín escribe sin pensar analíticamente los tres
discursos. La operación analítica aquí realizada toma forma en la era
moderna.
El texto citado
líneas atrás, del que se refieren las aporías entre lo “Uno” y lo “múltiple” y
entre la “distención” y la “intención”, desemboca poéticamente y en forma de
oración, intentando darle una vuelta de tuerca a las aporías filosóficas.
… mi camino en pos de la palma a la que he sido llamado
de lo alto, para oír allí la voz de la alabanza y contemplar tus delicias, que
no vienen ni se van.
Ahora empero transcurren mis años en gemidos, y tu eres
mi consolación, Señor, tu eres mi Padre eterno. Yo en cambio, me he desparramado
en tiempos, cuyo orden desconozco, y las tumultuosas variaciones desgarran mis
pensamientos, las íntimas entrañas de mi alma, hasta que llegue a confluir en ti,
purificado, derretido con el fuego de tu amor. (Ibidem.)
El desgarramiento agustiniano
del ser humano ante la eternidad y ante Dios, está presente en el plano filosófico
de un discurso que se desenvuelve aporéticamente.
San Agustín no pretende alguna síntesis conceptual investida de claridad y de
certeza. A su vez, este desgarramiento se desplaza poéticamente y a través de
la oración, que arropan al discurso filosófico. ¿Tal como lo hace San Agustín,
es posible resolver las aporías en torno al tiempo, a la eternidad y a Dios,
haciéndolas desembocar en un plano literario y/o de oración? Desde un plano hermeneútico que traza puentes entre la filosofía y la literatura, Ricoeur intenta
resolver en específico las aporías sobre el tiempo en los tres tomos de Tiempo y narración…
Bibliografía
Ricoeur, Paul, Tiempo y narración I, México editorial Siglo XXI, 2004. Impreso.
San Agustín, Confesiones, México: editorial Porrúa, 2102, impreso.