En un texto anterior hablé
de las “formas de capitular la ausencia de Carlos Montemayor”. En su momento no
clarifiqué suficientemente este concepto, que fue planteado en un evento de las
Jornadas Culturales Carlos Montemayor,
en junio de 2012, en Parral, Chihuahua.
En términos militares,
“capitular” significa “rendirse o entregar una plaza al enemigo”. Quiere decir
también “abandonar una discusión o pugna por cansancio o por la fuerza de los
argumentos contrarios”. Un tercer significado tiene que ver con un “pacto o
acuerdo entre dos o más personas”.
El concepto referido en
torno a la figura de Montemayor, critica
las formas mediante las cuales nos hemos
ido apropiando del nombre y de la obra de Carlos Montemayor en Chihuahua.
Posterior a la muerte del parralense, hay un amansamiento del intelectual de
izquierda y de su obra, una apropiación dulcificada de la voz áspera y
aguijoneante del pensador y activista político que a lo largo de muchos años
criticó e hizo reclamos a las instituciones políticas y sociales de nuestro
país.
El primer indicio que
puede percibirse es la captura del nombre a través de las instituciones
gubernamentales y educativas. En junio
de 2010, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) asignó el nombre de
“Carlos Montemayor” a su biblioteca central. En junio de 2012, habitaciones del segundo piso de la Quinta
Gameros, administrada por la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), fueron
nombradas “Sala Carlos Montemayor”. En agosto de 2012, el gobierno del estado
de Chihuahua, inauguró el Centro Cultural Bicentenario “Carlos Montemayor”. En Parral, las jornadas culturales a nombre de Carlos Montemayor se han convertido en un evento de pose social. La criticidad de Montemayor ha sido arrinconada en el des-uso del usufructo posmoderno, donde la historia y las posibilidades contestatarias se convierten en objetos de museo, meras arquitecturas que lo mismo funcionan para el establishment cultural que social. Lo que cuenta es la pose y el usufructo que de ello pueda generarse.
El nombre de “Carlos
Montemayor” colocado en edificios culturales o bibliotecarios, se fija y
aquieta entre las paredes y el techo, entre el metal y el vidrio, entre los
muebles y los pasadizos arquitectónicos
de un proyecto gubernamental o
educativo. El develamiento de las placas de bronce que inauguran a estos edificios con el nombre
de “Carlos Montemayor”, es el
oscurecimiento del perfil crítico y contestatario del escritor y activista
político. Las placas de bronce colocadas en estos edificios “en nombre de
Carlos Montemayor”, llevan a su figura a
la historia de bronce, la historia que dulcifica y mitifica a los intelectuales
y a otros más.
El nombre y el ser de
“Carlos Montemayor”, su intelectualidad crítica, su activismo político de
izquierda, no radican en el cemento que
constituye a la arquitectura de un centro
cultural o de una biblioteca, no está en esas paredes y techos que encuadran y
delimitan al saber depositado en la cultura y los libros, no está en el bronce
de una placa que nombra un edificio. Su nombre posee otra condición pétrea que
puede leerse en el cierre del poema “Elegía de Tlatelolco (1968)”:
Todo quedó en esta
plaza
tantas piedras
lastimando el aire
tanta piedra que oyó
el múltiple estertor
de muchachos y quedó
en su raíz
la amargura y la
dulzura de este silencio
(la luz precipitada
en el cielo me descubre
y el afecto del día
llega al dolor a través de la mirada
imposible olvidar
imposible quedarse
muerto)…