jueves, 18 de febrero de 2016

Carlos Montemayor, por un no-amansamiento del hombre y de la obra



En un texto anterior hablé de las “formas de capitular la ausencia de Carlos Montemayor”. En su momento no clarifiqué suficientemente este concepto, que fue planteado en un evento de las Jornadas Culturales Carlos Montemayor,  en junio de 2012, en Parral, Chihuahua.
En términos militares, “capitular” significa “rendirse o entregar una plaza al enemigo”. Quiere decir también “abandonar una discusión o pugna por cansancio o por la fuerza de los argumentos contrarios”. Un tercer significado tiene que ver con un “pacto o acuerdo entre dos o más personas”. 
El concepto referido en torno a la figura de Montemayor,  critica las formas  mediante las cuales nos hemos ido apropiando del nombre y de la obra de Carlos Montemayor en Chihuahua. Posterior a la muerte del parralense, hay un amansamiento del intelectual de izquierda y de su obra, una apropiación dulcificada de la voz áspera y aguijoneante del pensador y activista político que a lo largo de muchos años criticó e hizo reclamos a las instituciones políticas y sociales de nuestro país.
El primer indicio que puede percibirse es la captura del nombre a través de las instituciones gubernamentales y educativas.  En junio de 2010, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) asignó el nombre de “Carlos Montemayor” a su biblioteca central. En junio de 2012,  habitaciones del segundo piso de la Quinta Gameros, administrada por la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), fueron nombradas “Sala Carlos Montemayor”. En agosto de 2012, el gobierno del estado de Chihuahua, inauguró el Centro Cultural Bicentenario “Carlos Montemayor”. En Parral, las jornadas culturales a nombre de Carlos Montemayor se han convertido en un evento de pose social. La criticidad de Montemayor ha sido arrinconada en el des-uso del usufructo posmoderno, donde la historia y las posibilidades contestatarias se convierten en objetos de museo, meras arquitecturas que lo mismo funcionan para el establishment cultural que social. Lo que cuenta es la pose y el usufructo que de ello pueda generarse
El nombre de “Carlos Montemayor” colocado en edificios culturales o bibliotecarios, se fija y aquieta entre las paredes y el techo, entre el metal y el vidrio, entre los muebles y los pasadizos arquitectónicos  de un proyecto  gubernamental o educativo. El develamiento de las placas de bronce  que inauguran a estos edificios con el nombre de “Carlos Montemayor”,   es el oscurecimiento del perfil crítico y contestatario del escritor y activista político. Las placas de bronce colocadas en estos edificios “en nombre de Carlos Montemayor”,  llevan a su figura a la historia de bronce, la historia que dulcifica y mitifica a los intelectuales y a otros más.
El nombre y el ser de “Carlos Montemayor”, su intelectualidad crítica, su activismo político de izquierda,  no radican en el cemento que constituye a  la arquitectura de un centro cultural o de una biblioteca, no está en esas paredes y techos que encuadran y delimitan al saber depositado en la cultura y los libros, no está en el bronce de una placa que nombra un edificio. Su nombre posee otra condición pétrea que puede leerse en el cierre del poema “Elegía de Tlatelolco (1968)”:

Todo quedó en esta plaza
tantas piedras lastimando el aire
tanta piedra que oyó el múltiple estertor
de muchachos y quedó en su raíz
la amargura y la dulzura de este silencio
(la luz precipitada en el cielo me descubre
y el afecto del día llega al dolor a través de la mirada
imposible olvidar
imposible quedarse muerto)…