jueves, 24 de septiembre de 2015

La gran narrativa del concepto de la “calidad educativa”




Leonardo Meza Jara

En los terrenos de la investigación educativa aún no se resuelven los debates sobre el concepto de la “calidad educativa”. Las preguntas sobre esta idea aún no han sido respondidas con solvencia. El concepto sigue atrapado en las turbulencias de la relatividad. Por más que se aparente que  su definición es precisa y bien delimitada, el significado de este término es difuso, flota en la vaguedad de sus múltiples componentes y correlaciones, que son parte de la realidad educativa. ¿En base a qué componentes habría que definir a la idea de la “calidad educativa”? ¿De qué manera se establecen las correlaciones entre estos componentes definitorios del concepto?
La primera duda que sale a relucir, tiene que ver con los mecanismos discursivos que  se han puesto en marcha con la intención de obturar (cerrar, clausurar) los debates sobre la conceptualización de la “calidad educativa”. Las discusiones sobre el significado de este término han sido obturadas, clausuradas artificiosamente. De esta forma se pretende poner punto final a los debates, como si no hubiera preguntas que responder sobre el tema, como si no hubiera inconsistencias en las conceptualizaciones institucionalizadas de esta idea. Desde luego que esta clausura trae consigo las intenciones del silenciamiento, al menos como un llamado al aparente consenso, en lo académico y en lo social.
De la misma manera en que se corta un listón para inaugurar una obra pública (una plaza, un edificio de gobierno, etc.), cuando se pretende clausurar un debate, desde una postura de dominación se hacen los amarres correspondientes, las sujeciones necesarias. Simbólicamente, al inaugurar una obra pública se corta un listón en un ritual institucionalizado, con los invitados y personajes claves para hacerlo, con los aplausos de por medio, con la proyección mediática que realza al evento. En el mismo plano simbólico, cuando se pretenden obturar las discusiones sobre el concepto de la “calidad educativa”, tiene lugar un ritual o una serie de rituales institucionalizados. Pero en vez de cortar un listón que inaugura, lo que sucede es un cierre que sujeta y ocluye, que limita teórica e ideológicamente lo que debiéramos pensar y vivir en torno a un concepto como el de “calidad educativa”. La obturación sucede entonces a partir de la configuración de un ritual o de una serie de rituales que institucionalizan al concepto de “calidad educativa”, y que de manera artificiosa intentan poner el punto final a las discusiones en la materia (Bourdieu, ¿Qué significa hablar?, 2001).
¿De qué forma ha tenido lugar el proceso de obturación que artificiosamente pretende ponerle punto final a los debates sobre la “calidad educativa”? ¿Cómo se han configurado los rituales que han institucionalizado a nuestras formas de pensar y de vivir en torno al concepto de la “calidad educativa”? Esto ha sucedido a lo largo de varios años,  desde las reformas educativas de 1990 hasta la fecha. Estamos hablando de un proceso histórico de larga duración que comprende 25 años aproximadamente. Desde el punto de vista del análisis del discurso, hay dos planos a través de los cuáles se configuran los rituales que han institucionalizado al concepto de la “calidad educativa”. El primero de ellos pertenece al ámbito lingüístico y tiene que ver con la inclusión del concepto en los diversos textos de la política educativa. El segundo se clarifica a partir de una caracterización de los contextos sociopolíticos,  que han funcionado como plataformas que impulsan el reconocimiento y la ponderación de este término. Se reflexionan enseguida los dos planos mencionados.
Para hacer el análisis lingüístico de la inclusión del concepto de la “calidad educativa” en los textos de la política educativa, se toman en cuenta las leyes que se han modificado y aprobado en la materia desde 1993 hasta el año 2013. Al realizar un conteo simple de las veces que este concepto aparece en las leyes educativas, se obtienen los siguientes datos:
La Ley General de Educación aprobada en 1993 menciona 3 veces el concepto de “calidad” en referencia a la educación. Con la reforma de 2004 a esta ley, el concepto de “calidad educativa” es anotado 10 veces. En 2007, con las modificaciones a esta ley  el concepto se escribe 12 veces. En 2011 la ley reformada menciona 13 veces el concepto. Con los cambios a la Ley General de Educación en 2013, la idea de la “calidad educativa” es referida 23 ocasiones. Pero habría que considerar a su vez,  las menciones a este concepto en las otras leyes educativas también aprobadas en 2013 en el ámbito federal: la Ley General del Servicio Profesional Docente y la Ley del Instituto Nacional de Evaluación Educativa. En la primera de ellas el término se dice 13 veces y en la segunda se anota 9 ocasiones. En total, las leyes educativas aprobadas en el año 2013 mencionan 45 veces al concepto de la “calidad educativa”.
A partir de los datos obtenidos en este primer acercamiento, se tiene la evidencia suficiente para sostener que la idea de la “calidad educativa” ha sido institucionalizada,  al hacerse presente numerosas ocasiones y de manera persistente en los textos de la legislación educativa, particularmente en las leyes educativas aprobadas en el año 2013.
En el plano contextual hay una serie de rituales que política y socialmente han postulado y ponderado a la idea de la “calidad educativa”,  al grado de convertirla en eje rector de las políticas públicas en la materia. Esto tiene que ver con las condiciones contextuales que funcionaron como plataforma para posicionar a las leyes educativas aprobadas en 2013. Hay una trama política y social en la que tuvieron lugar una serie de rituales a través de los cuales se institucionalizó a la idea de la “calidad educativa”. La trama inicia con la firma del Pacto por México (que incluyó al PRI, al PRD, al PAN y a la iniciativa privada, bajo la representación de la organización Mexicanos Primero, brazo político de Televisa); se extiende enseguida a los trabajos legislativos del Senado y la Cámara de Diputados; pasa luego al proceso de publicación de las nuevas leyes en el Diario Oficial de la Federación;  llega hasta la proyección mediática del asunto en los noticieros, la prensa  y las campañas publicitarias que celebraron a la reforma; y se desdobla hasta los amparos que los inconformes interpusieron rechazando las nuevas leyes educativas, que los integrantes de la Suprema Corte de Justicia resolvieron en contra. Es una trama que no necesariamente se explica de manera sucesiva. Los acontecimientos no se siguen unos a otros de manera ordenada,  sino que se entrecruzan, se traslapan. Pero todos bajo un consenso explícito o tácito,  que desde una postura hegemónica institucionaliza y ritualiza la aprobación de las nuevas leyes educativas. Dentro de ello, se define al concepto de la “calidad educativa”, imponiendo su clausura, obturando los debates sobre este tema.
En este complejo proceso que ritualiza e institucionaliza nuestras formas de vivir y pensar a la “calidad educativa” hubo una serie de invitados: los firmantes, los aprobantes y quienes aplaudieron y festejaron la elaboración de las nuevas leyes educativas. Ha habido también una serie de actos por parte del poder legislativo (la aprobación de las leyes en las cámaras de diputados y senadores), del poder ejecutivo (la postulación festiva de las reformas educativas concebidas como un hecho que puede “mover a México”) y del judicial (la pronunciación que da un fallo negativo a los amparos que los maestros inconformes tramitaron ante la nueva legislación). Todos estos actos ceremoniosos,  que ritualizan e institucionalizan a la idea de la “calidad educativa”, han tenido una proyección mediática de grandes proporciones en los dos últimos años.
Desde luego que hay sujetos e instituciones que no fueron invitados a los rituales que institucionalizaron al concepto de “calidad educativa”: los integrantes de la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) y del SNTE (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación). Los primeros fueron los no invitados, y aún lo siguen siendo. Los segundos fueron los invitados de piedra. Aunque después del encarcelamiento de la maestra Gordillo, a los integrantes del SNTE no les quedó otra salida que convertirse en operadores y aplaudidores de las nuevas leyes.
Hasta esta parte se ha analizado brevemente el contexto sociopolítico que funcionó como plataforma para impulsar las leyes educativas de 2013, que dieron lugar a los rituales que institucionalizaron a la idea de la “calidad educativa”. A su vez, desde una perspectiva lingüística, se ha puesto en claro la presencia cuantiosa de la idea de la “calidad educativa” en los textos de estas leyes. Falta analizar los significados de este concepto.
Delimitando nuestro análisis a las conceptualizaciones de la “calidad educativa” que se asumen en las leyes aprobadas en 2013, se cuestiona: ¿Cuáles son los significados de la idea de la “calidad educativa” que se plantean en las leyes aprobadas en 2013: la Ley General de Educación, Ley General del Servicio Profesional Docente y la Ley del Instituto Nacional de Evaluación Educativa?
Además de ser cuantiosa en los documentos analizados, la  idea de la “calidad educativa” es sustantiva y pretende instaurar un amplio marco de conceptualización. Son variados los componentes a los que se refiere este concepto. Entre los componentes más importantes que son parte de esta conceptualización, resaltan los siguientes: 1) La “calidad y resultados de la función docente, directiva, de supervisión, de Asesoría Técnica Pedagógica o cualquier otra de naturaleza académica”. 2) Su conexión directa con la definición del “conjunto de perfiles, parámetros e indicadores que se establecen a fin de servir como referentes para los concursos de oposición y la evaluación obligatoria para el Ingreso, la Promoción, el Reconocimiento y la Permanencia en el Servicio” de los trabajadores de la educación. 3) Su correlación con la “normalidad mínima en el desarrollo del ciclo escolar y la Escuela”. 4) Su referencia a las responsabilidades del Estado y de las autoridades educativas respecto a cuatro tareas distintas: “el máximo logro de aprendizaje”; la revisión del “modelo educativo en su conjunto, los planes y programas, los materiales y métodos educativos”;  la cobertura educativa que busca la universalización en la educación básica y media superior”; y la revisión de “la fórmula conforme a la cual se distribuye el Fondo de Aportaciones para la Educación Básica y Normal, con la finalidad de iniciar las reformas legales pertinentes a efecto de asegurar la equidad necesaria para una educación de calidad”. 5) La responsabilidad de las autoridades educativas locales para “simplificar y  reducir las cargas administrativas de los maestros” y  “alcanzar más horas efectivas de clase”. 6) Se responsabiliza a los consejos de participación social de las escuelas, los municipios y los estados del cuidado de la “calidad educativa”; se responsabiliza también a “organismos descentralizados”, de los cuales no se da mayor referencia. 7) La responsabilidad del INEE para emitir “directrices que sean relevantes para contribuir a las decisiones tendientes a mejorar la calidad de la educación y su equidad, como factor esencial en la búsqueda de la igualdad social.”
Los componentes que definen a la “calidad educativa” son numerosos y tienen que ver con cuestiones muy variadas, en referencia a diversos actores, niveles de gobierno e instituciones. Hay una diversificación y una dispersión de los componentes que conceptualizan a la “calidad educativa”. En las leyes analizadas, el mecanismo del que se hace uso para aglutinar a estos componentes, e intentar resolver el problema de la diversificación y la dispersión, se concibe como el “Marco General de una Educación de Calidad” (artículos 4 y 14 de la Ley General del Servicio Profesional Docente) y como una “congruencia entre los objetivos, resultados y procesos del sistema educativo, conforme a las dimensiones de eficacia, eficiencia, pertinencia y equidad” (artículo 8 de la Ley General de Educación). Se pretende instaurar un “marco general” que a través de una “congruencia” entre variados componentes,  de lugar a un sistema conceptual del cual pueda desprenderse un sistema operativo de las políticas educativas en México. La base de este “marco general” que se pretende “congruente” entre sus múltiples componentes, tiene como eje a la “calidad educativa” sujeta a un sistema de evaluación que aún está en proceso de construcción operativa. Falta por revisar si en la operación de este sistema de evaluación se abarcan con solvencia los diferentes componentes, actores e instituciones que requerirían ser evaluados en el cumplimiento de sus resultados y sus responsabilidades.
De inicio, la “congruencia” pretendida no se logra siquiera en el solo plano textual, en la concordancia entre las tres leyes analizadas. El artículo 8 de la Ley General de Educación, menciona cuatro dimensiones para la evaluación de la “calidad educativa”: “eficacia, eficiencia, pertinencia y equidad.” El artículo 4 de la Ley del INEE, admite seis dimensiones a considerar para evaluar a la “calidad educativa”: “relevancia, pertinencia, equidad, eficiencia, eficacia, impacto y suficiencia.” ¿Las dimensiones para evaluar a la “calidad educativa” son cuatro o son seis, o son más que estas? En las leyes analizadas no se definen con claridad a qué se refieren estas dimensiones que resultan claves para evaluar a la “calidad educativa”. Aunque hay un pista a este respecto. En referencia a la “calidad educativa”, el artículo 4 de la Ley General del Servicio Profesional Docente admite que la “evaluación del desempeño” de los maestros, directivos, supervisores, asesores técnico-pedagógicos y otros actores,  es una “acción” para “medir los resultados”. El concepto de “evaluación” queda reducido a mera “medición”, cuantificación de resultados y no revisión a fondo de las cualidades profundas y complejas de los problemas educativos. Es obvio que las cuatro o seis dimensiones para evaluar a la “calidad educativa” y el concepto de “medición”,  forman parte de una visión tecnocrática que se desprende de la disciplina de la administración, de la economía, de la lógica de la producción industrial y del mercado. A este mismo campo semántico pertenecen los conceptos de: “perfiles parámetros e indicadores” (artículo 4 y 14 de la Ley General del Servicio Profesional Docente). Los significados de los términos que son parte de este campo semántico tienen un origen y una genealogía tecnocrática. El lenguaje administrativo que desde la década de 1980 hasta la fecha se desplaza desde el terreno de la economía hasta el terreno de la política, cuando los presidentes de México y los altos funcionarios son egresados de los posgrados en economía en Harvard, Chicago y otras universidades, ocupa también los espacios de la política educativa. Al grado  de acorralar conceptual y fácticamente a las maneras de pensar y vivir  la educación en México.
Los contenidos de las leyes educativas aprobadas en 2013 arrojan una serie de indicios sobre una re-territorialización conceptual y operativa en las políticas educativas en México. Desde 1993 hasta la fecha, poco a poco la maquinaria tecnocrática ha ido ocupando los diversos espacios educativos. Una pregunta clave sería, ¿qué espacios conceptuales y operativos no ha ocupado aún esta maquinaria tecnocrática?
Pero hay un problema que se deriva de la estrategia teórica, política e ideológica que pretende instaurar al reino de la “calidad educativa” como una maquinaria tecnocrática que re-territorialice a las política educativas en México. El concepto de la “calidad educativa” es demasiado pretencioso en la intención de abarcar múltiples aspectos educativos. Este concepto está siendo pensado como la llave maestra que traerá consigo las respuestas definitivas a los problemas educativos en México. Los documentos de la política educativa de los últimos años le han dado forma a la gran narrativa de la “calidad educativa”, sobre la que descansa la utopía salvadora de la educación en México. Un cúmulo de esperanzas son depositadas aquí. Habrá que ver si la conceptualización de la “calidad educativa” como una gran narrativa, como una llave maestra para resolver los problemas educativos en México, arroja los resultados esperados.
La “calidad educativa” es un macroconcepto (Morín, citado por Grinberg, “Edgar Morín y el pensamiento complejo”, 2002). Es un concepto constituido por múltiples conceptos (o imágenes). La “calidad educativa” es el tronco de un árbol, que como concepto se ramifica en diversos conceptos: secundarios, terciarios, etc. Estas ramificaciones se dan en el plano teórico y también en el plano operativo de las políticas educativas en México. ¿Qué se incluye y qué se excluye en estas ramificaciones? ¿En base a qué justificaciones estas ramificaciones se correlacionan entre sí? ¿Es posible una funcionalidad armónica de esta maquinaria arbórea, tanto en lo conceptual como en lo fáctico?
Una de las  cualidades más notorias de los macroconceptos tiene que ver con los problemas de su no-estaticidad y de su no-acabamiento. Y existe el riesgo de pensar a los macroconceptos de una forma desmesurada. La claridosa filosofía de la literatura de Borges nos permite tomar providencias ante los indicios de desmesura que se hacen presentes en los despliegues del concepto de la “calidad educativa”, como llave maestra y como gran narrativa de la educación en México:
“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él… las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa…” (“Del rigor de la ciencia”, el texto completo en voz de Borges se puede escuchar aquí: http://palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz1.php&wid=726&t=Del+rigor+en+la+ciencia&p=Jorge+Luis+Borges&o=Jorge+Luis+Borges ).
El mapa de la "calidad educativa" ha sido trazado, con sus puntos cardinales, con sus enrumbamientos y pre-determinaciones, fundados en el imperio de una lógica tecnocrática. Los cartógrafos de la "calidad educativa" en México creen haber ganado una batalla clave con la aprobación de las leyes educativas en 2013. Pero esta cartografía que se traza detrás de los escritorios y las  tribunas políticas, que lo mismo sirven como trincheras que como burbujas para abstraerse y distanciarse de la realidad, no representa de manera directa ni inmediata a la compleja realidad educativa del país. Es un mapa que anuda componentes teóricos, políticos e ideológicos, cuya constitución utópica pertenece a un orden imaginario.

Epílogo.- "Las intenciones de modernizar al sistema político mexicano han puesto la idea de la eficiencia en el centro de la problemática. Surge la inevitable pregunta: ¿son compatibles la eficiencia y el sistema político mexicano? La eficiencia se suele medir -permítaseme usar la terminología inglesa- en términos de la relación input/output, fórmula que puede sufrir una serie de complicadas transfiguraciones tecnocráticas y adoptar la forma de complejos modelos matemáticos. Todo ello no logra ocultar completamente el hecho de que los criterios de eficiencia implican decisiones políticas cualitativas sobre el carácter y la naturaleza tanto de los inputs como de los outputs, sobre la forma de traducirlos a expresiones matemáticas adecuadas y a las ecuaciones que un determinado modelo requiere. Sin embargo, la esencia del pensamiento tecnocrático radica en la forma peculiar en que el razonamiento eficientista oculta la realidad política." (Bartra R., "Oficio mexicano").